El conflicto, ¿un mal necesario?

Para contrarrestar esta negatividad, revertir todo lo malo que ella trae, se hace necesario poseer madurez emocional, buen humor, tolerancia y paciencia, perseverando en los valores de la familia...

  • Selva Morey Ríos
  • Docente principal de la Facultad de Ciencias de la Educación y Humanidades de la UNAP
  • selvamorey@hotmail.com

El conflicto es un hecho cotidiano al que todos nos enfrentamos en nuestro trabajo, en nuestras relaciones de vecindad, en nuestra familia. Es connatural a la vida misma. No es bueno ni malo en sí. “Los conflictos existen siempre, no tratéis de evitarlos sino de entenderlos” decía Lin Yutang.

El conflicto es la incompatibilidad entre conductas, objetivos y/o afectos entre individuos y grupos, que definen estas metas como mutuamente incompatibles. Se puede advertir o no expresiones agresivas, pero subsiste en el inconsciente y se libera en la acción de rechazo, de protesta, de incomodidad. Existen muchas clases de conflicto: interpersonal, familiar, organizacional, internacional. Ninguna organización está exenta de esta condición en mayor o menor dimensión.

El conflicto interpersonal es básico, elemental, supervive en el ánimo del inconsciente individual; se manifiesta en el contraste de opinión, en el diálogo, en la cercanía a la que, necesariamente, estamos sujetos como seres sociales. Múltiples son sus causas, generalmente, los diferentes puntos de vista que mantenemos individualmente, las emociones, las creencias, la conducta, cuando no son compartidas y no existe un mínimo de tolerancia para el respeto a las circunstancias personales que nos hace ser diferentes, pero que no está negado el hecho de poder coincidir a la luz del diálogo y mejorar las relaciones erradicando sentimientos negativos y de confrontación.

El conflicto familiar quizás es el más incómodo porque ocurre en un grupo humano ligado por la sangre y su historia. Es muy dolorosa la confrontación entre padres e hijos, entre hermanos, o entre miembros de la familia extendida. Genera un clima denso, de desconfianza, de desamor; separa a los involucrados de las reuniones familiares donde el gran grupo departe y se regocija; de las celebraciones especiales que, como familia es tradicional juntarse. Los enfrentados simplemente no asisten a estos eventos por no encontrar a su “rival” y, como ambos piensan de manera similar, simplemente se aíslan y van perdiendo la esencia de la interacción familiar que es tan saludable para todos, creando un clima divisionista que no propicia armonía.

Solo basta un comentario hecho por alguien de la familia que se filtra con un tono diferente; a lo mejor no con mala intención, a lo mejor solo sea un rumor intrascendente, pero llega, infortunadamente, en un mal momento para alguno de los involucrados y es cuando el conflicto se instala, quién sabe por cuánto tiempo, si no se busca frenar su camino de destrucción. ¿Qué hacer cuando la sombra maligna del enfrentamiento surge, a veces sin fundamento válido?

El conflicto tiene dos caras, una positiva y otra negativa. Lo positivo sería que estimula la discusión, aclara puntos de vista, obliga a buscar nuevos enfoques sobre aspectos tocantes al problema, fomenta la creatividad y es una fuente para aquilatar la autoestima; en cuanto a lo negativo, dificulta la comunicación, disminuye la cooperación, limita la habilidad de escuchar, destruye la unidad y reduce el nivel de confianza. No es tarea sencilla cuando los temperamentos rechazan motivaciones que unen, pero tampoco es imposible lograrlo, por ello la paciencia, principalmente, juega un papel decisivo. Hay rencillas familiares que no se subsanan en muchos años, ocasionando una llaga abierta que es preciso atender con celeridad, para evitar comprometer la salud emocional de las partes involucradas, para evitar que se instale por siempre el conflicto deteriorando la unidad que debe existir entre personas ligadas por lazos familiares. Para contrarrestar esta negatividad, revertir todo lo malo que ella trae, se hace necesario poseer madurez emocional, buen humor, tolerancia y paciencia, perseverando en los valores de la familia, en la búsqueda de la unión fraternal como el norte de la felicidad que se nos ha prometido en este mundo.

También las organizaciones lo padecen por la heterogénea complejidad de sus miembros, su idiosincrasia particular, la verticalidad de las funciones directrices, el quehacer cotidiano, rutinario y las largas jornadas de permanencia que, en vez de unir, separan. Se juntan los pares y entre ellos opinan, comentan, asumen posiciones; dictan directivas unos, las cuestionan otros, no hay consenso inicial por múltiples razones: no existe diálogo, la natural individualidad se manifiesta en protesta, compatibilizar, es tarea difícil y, si no hay intenciones por conservar el equilibrio, la normalidad del accionar laboral con mediana concordancia, el resultado es un caos, donde todos pierden: se lesiona la dignidad, se destruye la confianza, se pierde tiempo, factor irrecuperable que deviene en el freno indeseado del crecimiento, del adelanto, de las oportunidades para la organización, para la región, para el país, para el mundo.